Renovación en el Vaticano

Comienza la votación para elegir nuevo Papa. Si la celebrada hace ocho años convocó gran espectación entre católicos y no católicos, ésta provoca no más que la clásica curiosidad por saber quién será el hombre que regirá la Iglesia durante, previsiblemente, las próximas dos décadas.

La Capilla Sixtina, preparada para el cónclave.
(Foto: EFE, OSSERVATORE ROMANO/HANDOUT)

Lejos del temor con el que fue recibido el previsible Joseph Ratzinger, un hombre con fama de duro, intransigente, conservador y hasta radical, hoy no hay un claro favorito entre los candidatos, todos son de perfil más bajo que su antecesor y ninguno despierta ni admiración ni iras. Un reflejo más de esa indiferencia que la Iglesia Católica despierta actualmente entre gran parte de sus propios fieles. Además, para varias generaciones que sólo habían conocido un Papa, el relevo de Juan Pablo II fue todo un acontecimiento. Con el cambio, a su vez, la figura del nuevo pontifíce perdió a sus ojos en gran medida su halo de santidad y, con toda probabilidad, el que resulte elegido en esta ocasión será visto por los fieles más jóvenes más como un jefe de estado que como el Santo Padre.

Pero independientemente de la visión más o menos mística que cada uno tenga de su cabeza visible, no hay que olvidar la influencia que la Iglesia Católica mantiene, o pretende, en muchos gobiernos. Temas como la homosexualidad, el aborto o la investigación científica con células madre están constantemente en boca de altos cargos eclesiales.

Sin embargo, al margen de que sus opiniones condicionen o no la opinión de los católicos, muchos de éstos están ahora más pendientes de la actitud oficial de la Iglesia a la hora de afrontar los turbios asuntos internos de los abusos sexuales y de la opacidad de sus finanzas.

Por todo ello, sería el momento de que el Vaticano afrontara una renovación no sólo en cuanto al nombre y la cara de quien será su imagen pública desde ahora y en el futuro. Sería aconsejable una evolución en sus valores, un reconocimiento público de sus errores pasados y una mayor cercanía con los más desfavorecidos en lugar de con los poderosos. Y, desde luego, al igual que sería exigible y recomendable con otras instituciones más modernas y laicas, una mayor transparencia en sus acciones. Es decir, casi sería como decir que la Iglesia debería dejar de ser la Iglesia. Todo un milagro.

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