Las amistades peligrosas

La escandalera de corrupción, relaciones sospechosas y acciones dudosas que salpica un día sí y otro también a los políticos españoles parece no tener fin. Ahora le ha tocado el turno al presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, inmortalizado hace dos décadas junto a un notable narco gallego en unas fotos publicadas en los últimos días. Además del hecho en sí, ya bastante llamativo, sorprende el momento en el que todo este asunto ve la luz.

Portada del diario El País en el que aparecieron las fotografías

Porque se queja el aludido de que este asunto perjudica sus aspiraciones y su posición en la lucha por la presidencia de su partido. Con un Mariano Rajoy debilitado y siempre cuestionado, la espera de una no muy lejana sucesión sobrevuela Génova y Feijóo parecía un más que serio candidato. Habla de una mano negra que intenta frenar su carrera, sin dar nombres. Y que esta turbia amistad se conozca precisamente ahora puede ser una prueba de ello.

Casos similares se han dado anteriormente. El más claro, el que le costó a Josep Borrell la secretaría general del Partido Socialista en 1999 al saberse de su relación con el inspector de Hacienda, Josep María Huguet, condenado por prevaricación. Borrell, que había vencido en las primarias a Almunia un año antes, vio truncarse su futuro político en un momento de lo más prometedor. Siempre se apuntó a que miembros de su propio partido le habían puesto en el disparadero para quitárselo de enmedio. Quizá Feijóo debería buscar esa mano negra entre sus propios compañeros.

Pero independientemente de quién sea el mensajero, no se debe apartar la vista del mensaje. No es sano que altos cargos políticos frecuenten según qué tipo de amistades porque, aunque uno no sea responsable de las andanzas de sus amigos, la posición de uno y otro puede dar lugar a que se terminen enredando en tejemanejes de dudosa legalidad. O, como poco, quedará la sospecha, y eso no es bueno para la salubridad de la administración, ya bastante dañada en los tiempos que corren.

No habla Feijóo de que, cuando se tomaron las fotos, Marcial Dorado ya había sido investigado por narcotráfico en dos ocasiones y se conocía su actividad en toda la comarca. Se escuda, en cambio, en que nunca hasta entonces había sido condenado. Lo fue años después. Aún así, no parece excusa y, lo peor es que siempre queda la duda de que sólo se trate de una torpeza.

Que nuestros políticos anden de crucero con contrabandistas, se vean en gasolineras con empresarios chanchulleros o acepten trajes pagados por personajes dudosos es lo último que necesita un país asolado por escándalos de corrupción que han esquilmado a las arcas públicas cantidades desorbitantes de dinero, y cuya población ha perdido la confianza en una clase política que se empeña a toda costa en no hacerse respetar.

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