Al hilo de la libertad de prensa

Después de celebrarse en España el Día del Trabajador con la cifra de parados batiendo records, hoy se conmemora en todo el mundo el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Otra ironía. Porque la situación de los informadores es precaria, casi inhumana, en muchos lugares del planeta. Pero incluso en los países más desarrollados, la labor de comunicar con libertad está coaccionada.

La organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) tiene constancia de que al menos 300 periodistas se encuentran actualmente encarcelados, la mayoría en países dictatoriales como China, Irán, Eritrea o Vietnam. Solamente en Turquía están en la cárcel 70 profesionales por tratar de informar con libertad, algunos después de 10 años encerrados en condiciones infrahumanas y sin que se les haya juzgado o ni tan siquiera acusado formalmente. Otro caso extremo es Siria donde Amnistía Internacional denuncia la detención ilegal, tortura, desaparición y asesinato de docenas de informadores desde que se iniciara la revuelta en 2011.

Es habitual que los regímenes totalitarios ejerzan la violencia contra la población en general y también contra la prensa. Lo peculiar es que lo hagan aquellos que se suponen democráticos. Y, aunque nada es comparable a las condiciones extremas en las que se trabaja en los países anteriormente citados y en bastantes más, la realidad es que en España esto sucede.

El yugo de la crisis

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Partiendo de la premisa de que prácticamente todos los medios de comunicación pertenecen a grandes grupos empresariales, con intereses ideológicos y económicos muy marcados, la libertad de información hace mucho que es un bonito eufemismo. Pero, además, en una situación de crisis como la actual, la prensa se está volviendo cada vez menos independiente.

Las pequeñas y medianas empresas invierten menos en publicidad, con lo que los ingresos de los medios de comunicación disminuyen y se encuentran casi a expensas de las grandes empresas, multinacionales, lobbys, bancos, y del poder político. Cada vez, la información que se ofrece y el enfoque desde el que se analiza están más condicionados.

Una audiencia más polarizada

Aunque es un hecho que el nivel formativo e intelectual de la población ha ido subiendo con el tiempo, lo cierto es que se ha ido moldeando una audiencia menos crítica con los contenidos que consume. Al margen de la inexplicable consolidación de los programas basura, el público busca la información, no para formarse una opinión, sino para retroalimentar sus propias convicciones previas. De este modo, hacen que la prensa sea cada vez más sectaria y, a su vez, ellos tengan un ángulo de visión cada vez más cerrado. Hemos entrado así en un círculo vicioso.

La profesión de periodista, la menos valorada

La encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del mes de febrero reflejaba el poco apego de los ciudadanos hacia el oficio de periodista, situándola a la cola en el índice de valoración.

Entre las posibles causas podrían citarse el protagonismo que han cobrado ciertas figuras destacadas que, lejos de ejercer un periodismo crítico e independiente, se han metido de lleno en el círculo vicioso del sectarismo y la ideologización. Honra destacar que son los preferidos por una audiencia que, ávida de proveerse de nuevos argumentos que refuercen sus posiciones, les ha convertido en sus gurús. Obviamente son al mismo tiempo odiados por sus adversarios.

Por otro lado, los casos recientes de déficit de algunos medios públicos con presupuestos elevadísimos, como Telemadrid o Canal Nou y otras radiotelevisiones públicas autonómicas,  influyen para que los ciudadanos se opongan e incluso consideren prescindible el derecho a la información veraz. Tampoco ayuda nada que dichos órganos se hayan politizado hasta el absurdo. En época de recortes, nos decantaremos por mantener un hospital o una escuela, antes que un medio partidista.

La información es un derecho necesario

Sin embargo, estas circunstancias no debieran hacernos creer que no es necesario un periodismo de calidad, que investigue hasta donde los tribunales no llegan, que explique la realidad en la que nos movemos y que informe también de lo que se nos quiere ocultar. Porque una de las mayores garantías para la existencia de un estado democrático es el hecho de que sus medios de comunicación puedan ejercer su derecho de informar con libertad, sin censuras.

Para conseguirlo, deberían darse dos factores, además, por supuesto, de la ausencia de control por parte de los poderes públicos más allá de los estrictamente necesarios para salvaguardar otros derechos fundamentales:

– Uno, la responsabilidad de los informadores con la verdad, lejos de partidismos, opiniones particulares alejadas de la realidad y afinidades con causas ajenas al ejercicio de su propio oficio.

– Y el segundo, el sentido crítico del público, que exija una información veraz, huya de aquellos medios que aporten una visión sesgada, así como de aquellas figuras que basen su éxito en volcarse incondicionalmente a una determinada línea ideológica.

Porque la libertad de prensa es un derecho de toda la ciudadanía, pero también se ha vuelto un deber de todos garantizar su existencia. Máxime siendo, como es, uno de los más frágiles por el interés que despierta controlar la información en tiempos revueltos, de guerra, dictadura o crisis. Es fácil percibir que un medio no es neutral, lo difícil es contrarrestar y limitar esa parcialidad, pero si no nos concienciamos de la parte de responsabilidad que tenemos, de nada servirá quejarse.

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Un pensamiento en “Al hilo de la libertad de prensa

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